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septiembre 18, 2008

Lo siento mucho

En definitiva hay unos días, más que otros, que ciertos sentimientos atacan en tropa, se organizan de manera particular y lo dejan a uno en medio del parque como abandonado, en derrota y con un sabor ferroso en los labios.

Revisar lo vivido se hace necesario ante tal tropel de sensaciones, como si el vistazo por enésima vez sirviera de algo, como si estuvieras seguro que durante las revisiones habrías omitido algún punto, una línea, un entronque y que quizá en ese momento lo notarás finalmente. ¿Para qué?, pues al menos para comprender qué pasó.

Ver pasar los años e ir notando como estás mullido, pero sobretodo como está mullida tu relación, eso damas y caballeros, son palabras mayores. Viste crecer a los tuyos, hiciste quizá no lo mejor según los juicios, pero intentaste lo mejor que sabías.

Tienes en la libreta mental de apuntes tanto, desde lo mejor y lo no tan bueno, hasta lo inclasificable, lo que igualmente te asusta, pues pareciera que siquiera esa sensación está más. Ahora cada paso desemboca en guerra: si colocas un armario nuevo y no en la esquina señalada, si hoy no hiciste el almuerzo, si compraste algo diferente en el supermercado, los gestos de cuchillos, espadas, tenedores y silencios se hacen más comunes, lo peor más profundos. Comenzaste por dejar de intentar intensamente, por renunciar a sentimientos de culpa, o bien por solo dejarte invadir por un tufo de tensa y calmosa irritabilidad.

No es que hayas dejado de ser buen sujeto o que la otra persona lo haya dejado de ser. No es que quieras irte de casa o echar a alguien de esta. No es que ya no le quieras, solo ya no le comprendes y tal así, también se ha ido gastando el ejercicio de intentar.

Qué triste cuando se nos gasta la voluntad de querer hacer o tratar. Qué triste que viviendo en la misma casa seamos dos extrañas personas. Que compartiendo la misma habitación y sabiendo que vos irás a la derecha y yo a la izquierda, ya ni siquiera podamos ver derecha o izquierda, vos te reís a carcajada partida en una habitación y yo aquí escribiendo para vos, sin que lo notés.

Pareciera que ya no puedo contar con vos, ni vos conmigo, aunque así pudiese ser. Solo parece que hemos asumido esa condición como la forma de coexistencia. Es tiempo de dividir...

Has crecido, sos grande, yo también, sabés. Los papeles se han invertido en tanto, ahora que yo soy inclusive más vieja que vos, quizá no tanto pero lo soy, no estoy en condición de enseñarte más, o vos de aprender de mi. Sos recalcitrante, ciertamente ambas lo somos, no en vano tenemos vínculos.

De vez en cuando me enviás flores, una nota, un mensaje de postal. Te quiero, lo sabés, me querés lo reconozco, si alguien preguntase, sin titubear te mencionaría. Sin embargo, realmente sos extraña persona para mi y yo para vos, siempre viceversa.

Dialogamos aún, solo que tan poco, compartimos espacios aún solo que tan esporádicos, nos leemos el pensamiento, sin embargo ya no el día a día. ¿Qué lees hoy? hasta eso desconozco. Te miro crecer, me miro marcharme una sin la otra, y yo que pensé que eso no nos iba a suceder...

He de confirmar que no solo me siento derrotada, sino más bien bastante fracasada, que eso sería casi lo de menos, lo más fuerte para mi hoy, es que soy ajena a vos, como si tuviéramos poco contenido para poder sostenernos en frente y seguir.

Quisiera como siempre tener esperanza, pero hasta esa se me ha ido gastando con esto. Si bien seguimos adelante, y de alguna forma otra vez nos retomaremos de camino. Hoy no es el día.

Saber que todo comenzó con querer volar y con tu kiwi http://www.youtube.com/watch?v=sdUUx5FdySs

1 comentario:

Ricardo dijo...

A veces, en el campo de batalla perdemos algo de nuestros más preciados recursos: perdemos pertrechos, perdemos posiciones y perdemos a los compañeros que nos acompañaban en la campaña. Eso nos lleva al borde de la desesperación, de la angustia; y nos deja enfrentados al abismo del fracaso. Y aunque eso es duro, en otras ocasiones perdemos otros elementos que, si bien son mucho menos tangibles, a la larga nos dejan heridas mucho más profundas: perdemos el motivo (ya ni siquiera sabemos porqué estamos luchando), perdemos el rumbo (no se tiene certeza de la dirección a seguir o adonde queremos llegar) y perdemos el espíritu.
De tus palabras solamente puedo intuir algunos eventos, mas no cuento con la base necesaria para formarme un juicio al respecto. De todas maneras, creo que eso tampoco ayudaría en nada.
Pero conforme tus palabras desfilan, me viene a la mente la ley uno de la sabiduría, que un ángel me dictó hace ya varios siglos: la vida depende del balance dinámico de dos fuerzas opuestas. Aún las más pequeñas variaciones en este balance aceleran nuestro paso por el entorno o cambian la dirección de nuestro movimiento.
En el caso extremo de la extinción completa de una de las fuerzas, la dominación irrestricta de la fuerza restante, terminará por precipitar un desenlace funesto.
No sé si te las había mencionado, pero este es un buen momento para hacerlo:
La fuerza uno es la persistencia. Es la voluntad que nos motiva, nos llama y nos impulsa a seguir luchando a toda costa. Es la terquedad que hace del valor una virtud. Es la templanza del espíritu. Es la eternidad.
La fuerza dos es el cambio. Como lo dijo el ángel, es necesario saber cuando apartarse del camino. Aunque suene extraño, el éxito radica en saber hasta cuando seguir luchando, para saber el momento de retirarse. Si sobrevives hoy, podrás luchar nuevamente mañana.
Creo que es hora de que evalúes el camino por el que has estado transitando (no para juzgar lo andado, sino para ubicarte en tiempo y espacio) y abandonar (por un tiempo, o para siempre) el sendero por el que ya no deberás peregrinar más. El cambio es necesario, para dar espacio a los demás y aire a nosotros mismos.
Encontrar esta segunda fuerza es necesario para que recuperes el balance. Es la única opción para detenerte…, y para continuar…
Y si requieres palabras (decirlas o escucharlas), ya sabes donde encontrar un espíritu amigo.