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junio 21, 2010

Robado de Luis Sepúlveda

Si te digo que te quiero, quizá te parezca cursi y pondrás rictus de no saber por donde huir. Si te cuento la historia del viejo y la niña, te parecerá francamente alusiva. Si te digo que tenemos tiempo hacia adelante, guardarás silencio porque el futuro es incierto. Entonces mejor hablemos de otra cosa, algo en común que sea más vano: los dientes... (a ver sino te ries un pelín) Yo alguna vez quice ser dentista, que lo diga mi hermana.

"El cielo era una inflada panza de burro col­gando amenazante a escasos palmos de las cabe­zas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y sacudía con violencia los bananos raquí­ticos que adornaban el frontis de la alcaldía.
 Los pocos habitantes de El Idilio más un pu­ñado de aventureros llegados de las cercanías se congregaban en el muelle, esperando turno para sentarse en el sillón portátil del doctor Rubicun­do Loachamín, el dentista, que mitigaba los dolo­res de sus pacientes mediante una curiosa suerte de anestesia oral.—¿Te duele? —preguntaba.Los pacientes, aferrándose a los costados del sillón, respondían abriendo desmesuradamente los ojos y sudando a mares.Algunos pretendían retirar de sus bocas las manos insolentes del dentista y responderle con la justa puteada, pero sus intenciones chocaban con los brazos fuertes y con la voz autoritaria del odontólogo.—¡Quieto, carajo! ¡Quita las manos! Ya sé que duele. ¿Y de quién es la culpa? ¿A ver? ¿Mía? ¡Del Gobierno! Métetelo bien en la mollera. El Gobier­no tiene la culpa de que tengas los dientes podri­dos. El Gobierno es culpable de que te duela.Los afligidos asentían entonces cerrando los ojos o con leves movimientos de cabeza.El doctor Loachamín odiaba al Gobierno. A to­dos y a cualquier Gobierno. Hijo ilegítimo de un emigrante ibérico, heredó de él una tremenda bronca a todo cuanto sonara a autoridad, pero los motivos de aquel odio se le extraviaron en alguna juerga de juventud, de tal manera que sus monser­gas de ácrata se transformaron en una especie de verruga moral que lo hacía simpático.El doctor Rubicundo Loachamín visitaba El Idilio dos veces al año, tal como lo hacía el em­pleado de Correos, que raramente llevó correspon­dencia para algún habitante. De su maletín gasta­do sólo aparecían papeles oficiales destinados al alcalde, o los retratos graves y descoloridos por la humedad de los gobernantes de turno.
Las gentes esperaban la llegada del barco sin otras esperanzas que ver renovadas sus provisio­nes de sal, gas, cerveza y aguardiente, pero al den­tista lo recibían con alivio, sobre todo los sobre­vivientes de la malaria cansados de escupir restos de dentadura y deseosos de tener la boca lim­pia de astillas, para probarse una de las prótesis ordenadas sobre un tapete morado de indiscutible aire cardenalicio.
Despotricando contra el Gobierno, el dentista les limpiaba las encías de los últimos restos de dientes y enseguida les ordenaba hacer un buche con aguardiente.—Bueno, veamos. ¿Cómo te va ésta?—Me aprieta. No puedo cerrar la boca.—¡Joder! Qué tipos tan delicados. A ver, prué­bate otra.—Me viene suelta. Se me va a caer si estor­nudo.—Y para qué te resfrías, pendejo. Abre la boca.Y le obedecían.Luego de probarse diferentes dentaduras en­contraban la más cómoda y discutían el precio, mientras el dentista desinfectaba las restantes sumer­giéndolas en una marmita con cloro hervido."  Un viejo que leía novelas de amor, Luis Sepúlveda

1 comentario:

Anónimo dijo...

Luis Sepúlveda, otro de mis favoritos... leo sus libros varias veces, y ese que citas especialmente. En la recopilación de relatos "La lámpara de Aladino", descubrí también páginas que se me quedaron enganchadas en la memoria... Siempre es un placer encontrarse en el camino a un buen narrador.

jaja.. y el chiste es una bestialidad.. jaja

Besos
Iraide